El director de Miradas al Sur y una entrevista conjunta con el juez español Baltasar Garzón, de visita en el país.
ENTREVISTA DE EDUARDO ANGUITA EN MIRADAS AL SUR

Nos sentamos y el ambiente estaba lleno de luces, cámaras y micrófonos. Tanto Roberto Caballero como Jorge Ciccutin y yo sabemos que una entrevista para televisión se parece a una sala de terapia intensiva mientras que cuando el reportaje es para un medio gráfico todo es más distendido, casi íntimo. Es cierto que Baltasar Garzón lleva demasiados años de lidiar con periodistas como para que sus dichos queden condicionados por cuestiones menores. Sobre todo con los tiempos ingratos que le tocan vivir. Pero lo sorprendimos un poquito. El juez español tiene un aura de dignidad y de firmeza que induce a preguntas respetuosas y serias. Sin embargo, la primera pregunta que le disparamos fue qué impresión le había dejado la actuación de Iker Casillas en la final del Mundial de Sudáfrica. Garzón sonrió y se relajó. Le aclaramos que él hablaría con autoridad porque más de una vez había cuidado los tres palos y, sobre todo, porque es sabida su afición por el Barcelona mientras que Casillas es del Real Madrid. Rápido de reflejos como un torero, Garzón elogió a Casillas pero tras cartón destacó que el gol lo había convertido Andrés Iniesta, “un jugador no catalán del Barça”. Es decir, casi como él, que es andaluz mientras que Iniesta es castellano.
Estuvimos algo más de una hora con él. A todas luces, hace algo más de un mes sufrió uno de los golpes más duros pero también más bajos de sus 22 años de juez de la Audiencia Nacional. Tuvo la osadía de declararse competente para investigar los crímenes del franquismo y el Tribunal Supremo de España jugó sus cartas como si se hubiera inspirado en la Inquisición. “Por desconocer la ley de amnistía” lo sentaron en el banquillo y lo suspendieron.
Cuentan que cuando el tribunal tomó la decisión se la comunicaron mientras él tenía audiencia en su despacho. Casi como un desalojo compulsivo, nada menos que al juez que prestigió la judicatura española, el que les dio grandes satisfacciones a progresistas, humanistas y hombres y mujeres humillados de todo el planeta.
Garzón, por lo menos desde 1996, cuando decidió sumergirse en la quijotesca pelea contra genocidas argentinos y chilenos, dio muestras sobradas de saber cómo actúan los tratados internacionales en materia de derecho humanitario. Pero, sobre todo, dio muestras de saber aplicarlo. Y de hacerlo contra viento y marea. Especialmente contra las leyes internas que pretenden bloquear su aplicación. Sin embargo, la propia naturaleza de esas leyes universales inspiradas en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 obligan a los países firmantes a que tengan valor por encima de las leyes internas. Porque, claramente, suelen servir para países donde se aplicó el terrorismo de Estado y luego quedaron amnistías y sus hermanas mellizas, la desmemoria y la complicidad.
Así, en la Argentina, mientras Garzón juzgaba genocidas, muchos jueces locales hacían la plancha amparados en las leyes de impunidad del alfonsinismo y los indultos menemistas.
Cabe pensar que cuando Garzón se declaró competente sabía que no hay peor astilla que la del mismo palo. El león español se levantó de su siesta. Pero el león fascista. Lo que hizo Garzón, después de haberse ganado un lugar central en la Justicia Universal, fue desafiar un mito escatológico que todavía domina la mente de muchos españoles: “Lo que se vivió en esos años fue una guerra civil”, dicen. Pero el trabajo del juez instructor fue contundente: en su despacho se documentaron los casos de unos 114.000 desaparecidos, entre ellos niños. Además, se ubicaron 1.400 cadáveres enterrados en fosas comunes.
El Supremo español, a través del juez progresista Luciano Varela, de inmediato quiso meter la tierra debajo de la alfombra. Acusaron a Garzón de prevaricato. Un verbo que se puede estirar como un chicle. Prevarica quien “se desempeña mal”. Si su señoría come con el defensor de una parte, prevarica. Si cajonea una causa porque un político se lo pide o un empresario le paga, prevarica. Si les dice a los españoles y al mundo que el franquismo fue una dictadura que pudo haber cometido delitos de lesa humanidad, prevarica.
El ataque lanzado por el Tribunal Supremo puso en un brete. Pese al apoyo que le brindó gran parte de la sociedad, Garzón debió aceptar la suspensión que le dieron los custodios del silencio. El experimentado hombre de leyes, el luchador infatigable, decidió que “otras tierras del mundo reclaman el concurso de mis modestos esfuerzos” y aceptó ir como “consultor externo” de la Fiscalía de la Corte Penal Internacional de La Haya. Cargó la reproducción del Guernica que tenía colgada en la pared de su despacho y la colgó en la pequeña oficina que ahora ocupa en Holanda.

Cuestión de ánimo. Yo había dejado para el final de la entrevista la pregunta que más me importaba. La que seguramente debían tener presentes Estela de Carlotto, Taty Almeida o los cientos de humillados por las dictaduras chilena y argentina que encontraron un reparo de Justicia en ese hombre tan sencillo como circunspecto.
–Por último, ¿cómo está Baltasar Garzón en este momento?
–Yo estoy bien, estoy bastante bien, razonablemente bien (sonrisas). No es una situación deseada ni agradable, amen de decir que es injusta. Pero, a estas alturas, qué es hablar de justicia o injusticia. Para mí es injusto por ejemplo que se vuele un edificio y que mueran 85 personas y más de 300 resulten heridas, para mí es injusto que haya un terremoto en Haití y seis meses después no haya una respuesta a las necesidades de ese país y de nuevo se escenifique la inoperancia internacional y aparezcan episodios de corrupción, eso es una auténtica injusticia. Lo mío es una transición, efectivamente, es algo en lo que me he visto inmerso. Y, bueno, saldremos como podamos. Mi padre me decía que cuando los tiempos son malos, hay que aguantar, hay que asentar bien los pies en la tierra y seguir hacia delante. A mí siempre me ha guiado la enseñanza de las víctimas. Y si las víctimas de todos estos crímenes que hablamos en esta entrevista, han aguantado indeciblemente mucho más que yo, no sería lógico que yo no aguantara.
La gestualidad de Garzón estaba a la altura de sus palabras. Y ambas estaban a la altura de su historia. Muchos, con visible mala leche o con un individualismo estructural, decían que Garzón era un jinete solitario. Fue siempre todo lo contrario. Quizá no hizo migas con algunas entidades de juristas, ni coincidió siempre con los socialistas españoles, con quienes tiene muchos puntos en común. Ni siquiera se alineó con la religión. Con los años –él lo dice– fue cambiando su mirada sobre la fe. Pero fue consecuente con asumir el punto de vista de las víctimas ¿Hay un lugar mejor para un hombre que tiene que impartir justicia en un mundo plagado de injusticias?

La justicia universal. Garzón tuvo la inmensa dicha de que el pleno de la Audiencia Nacional, por voto unánime, avalara el procedimiento iniciado contra dictadores argentinos y chilenos. Esto fue en noviembre de 1998, cuando faltaba un mes para el 50º aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. El 10 de diciembre, en Estocolmo, habló el premio Nobel de Literatura de ese año, el inmenso José Saramago. Dijo, entre otras verdades: “En este medio siglo no parece que los gobiernos hayan hecho por los derechos humanos todo aquello a lo que moralmente estaban obligados. Las injusticias se multiplican, las desigualdades se agravan. La ignorancia crece, la miseria se expande. La misma esquizofrénica humanidad, capaz de enviar instrumentos a un planeta para estudiar la composición de sus rocas, asiste indiferente a la muerte de millones de personas a causa del hambre. Se llega más fácilmente a Marte que a nuestros propios semejantes”.
Por ese entonces se concretaba el Tratado de Roma, que significaba nada menos que la creación de la Corte Penal Internacional. Una utopía para muchos. Una necesidad urgente para quienes pretenden evitar guerras o encarcelar genocidas antes de que despachen a miles o millones de personas. A los dos años de haber firmado, Estados Unidos, bajo la presidencia de George Bush, retiró su compromiso. Al año siguiente, declararon la guerra al terrorismo, una definición eufemística para afirmar que son el gendarme del planeta. Estamos en un mundo tan cargado de futuro como de guerras y atropellos. Con una presencia descafeinada de las Naciones Unidas. Con unas corporaciones privadas ávidas de controlar el petróleo, el agua y otros recursos naturales. El paradigma de la Justicia universal no sólo puede poner límites a los poderosos. También puede ser un camino a emular desde otros ámbitos de poder mundial.
Garzón está en La Haya. Ojalá que por un corto tiempo ya que se trata de una especie de exilio involuntario. Pero, en la entrevista, una vez más sacó a relucir su voluntad:
–Si no se hubiese producido una suspensión provisional de funciones en relación a los procesos en España pues no habría sido así. Pero, dicho esto, se trata de un reto importante: la Corte Penal Internacional para mí es el mayor éxito de paz de la humanidad en los años que van después de la Segunda Guerra Mundial hasta ahora
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