Sobre el amor y otras cosas no menos importantes
EL OTRO VERANO
Un cuento de Eduardo Minervino
En los primeros días de enero empezamos a sudar el verano. Fue un verano imperativo que duró hasta Junio y dejó el suelo reseco , el asfalto casi derretido, los árboles quemados y los hombres faltos de ganas y juicio. Fue un verano culpable. Hasta mediar la estación agradecimos la implacable justicia solar que compensaba la escasa primavera que nos había dejado el invierno. Entonces ya debimos haber comprendido que aquel era un año extraño, sin transiciones, como un péndulo imposible que descansara largo en un extremo para aparecer luego en el opuesto sin apenas advertirlo. Por la Virgen Inmaculada, Patrona de la ciudad, nuestras miradas se dirigieron a menudo al corredor de las tormentas, pero los huidizas de nubes holgazanas que se paseaban por él eran una burla que irritaba a los más y preocupaba a los viejos.
El primer cadáver apareció en el sueño de un extraño, un forastero de los que gustan de husmear costumbres de pueblo ajeno. El hombre hizo un relato impreciso al oído de unos cuantos vecinos mientras tomaba un café en Bacará. "Pueden creerme si les digo que jamás sentí nada igual. Era la imagen de una fantasía vestida de mujer, inaprensible a mis sentidos y tan cercana". La vio tendida, todopoderosa sobre la esencia, sobre la realidad, pero muerta ya, diluyéndose en la substancia de lo cotidiano. José Alfredo, el más fabulador de los viejos, hizo un rictus de preocupación al escuchar aquel relato del extraño. Algo había perdido.
Desde ese día todos nos apresuramos sobre lo efímero. Cesaron las canciones de cuna que las madres dedicaban a los pequeños, los bellos relatos de dragones y caballeros, de duendes y princesas. Nadie recordaba ya las historias de Germán Delgado que sostenía que siempre era necesaria una ilusión aunque esta fuera una locura y dedicó sus años jóvenes a imitar las maquinas de Leonardo. Se apagó el ánimo y la fábula. Sólo quedó la realidad.
El segundo cadáver nunca apareció, pero lo intuyó Antonio, el que criaba cerdos. Los animales llevaban días hocicando en el mismo lodazal teñido de sangre fresca (muerte de la inocencia), y sobre la superficie del charco de orines se reflejaba nítida la imagen de un niño, casi se diría de un ángel, sorprendido por la brutalidad.
Y otra vez Luisito, siempre tan inocente, sintió una punzada de auténtico dolor, como si le arrancaran sus más hermosos años.
Ya no hubo más risas ni llantos en la plaza, ni correrías ni juegos, ni caminatas por la playa Los niños se dormían a la sombra, con la cara agria y la mirada huidiza. Y los adultos comenzaron a mirarse con temor, a buscar en cualquier gesto ajeno una amenaza, una excusa para la pelea.
Del tercer cadáver vimos la sombra gigantesca de su alma cruzar veloz la villa y, tras ella, infinidad de pequeñas formas, algunas reconocibles, que se apresuraban a escapar de las casas como volutas de un humo denso al que arrastraba el caliente viento del oeste.. Todavía hubo quien vio alzarse en la distancia el perfil de su joven imagen pescando en el mar, tiempo atrás, o la figura difusa del pianista que amenizaba en el pasado las fiestas mayores, o el olor de la brisa del mar, o la escarcha de las mañanas de invierno cosida a las telarañas, o un beso, ese primer beso que se atesora como el más hermoso de los recuerdos.
Y don Carlos que por tan viejo era la memoria del pueblo, se quedó con cara de asombro, vacío.
Desde entonces, nadie paseó por la playa ni sintió nostalgia, ni fue capaz de rememorar una caricia.
Pero un día vi caer una lágrima por el rostro ajado de don Carlos mientras se esforzaba por ofrecerme una sonrisa. Olía a pan recién hecho y en el cielo dominaban las densas nubes y en el suelo el rocío. Se había acabado el verano.
Sobre el amor y otras cosas no menos importantes
ENTRE SUEÑOS Y RECUERDOS
“¿Dónde estaba el mensaje? ¿Qué decía el mensaje? En ese momento empezaron los fuegos de artificio y el cielo resplandeció. Luminarias rojas, azules, naranja, ascendían alumbrando como nunca la playa. Germán trató otra vez de distinguir los viejos signos, pero no veía sino confusión y desorden, un caprichoso arabesco de tintes, líneas y corolas. En esa playa no había enigma ni misiva, ni en su vida tampoco...”
Cerró el libro sin terminar de leer el final que ya conocía. Había leído aquel cuento dieciséis veces. En cada una, siempre, creyó descubrir algo nuevo, algo que de alguna manera se relacionaba con su propia vida. Se apartó del escritorio y se echó sobre la cama, extendiendo sus brazos y piernas. Levantó su mano brevemente para apagar la luz de la habitación y escuchar en silencio las canciones que salían desde la PC. Cerró los ojos.
¿Qué faltaba en su vida? Sentido, se dijo a sí mismo. Prefirió no pensar en ello. Quiso que su mente viajara por el río de sus recuerdos, donde se refugiaba cada vez que sentía miedo. Vinieron a su mente la imagen de sus padres aplaudiéndolo una mañana de Mayo, en medio de la plaza de Germania, mientras bailaba el pericón nacional. Vino a su mente el recuerdo del día en que ingreso a la universidad y Nora que lo abrazó y le dijo que lo quería mucho. Su imagen subiendo a un tren que lo llevaba del El Peregrino a Rosario pasó fugazmente.
Entre la sucesión desordenada de imágenes, una lo paralizó. Era el recuerdo de un jueves, del último jueves en el que se sintió vivo. Se vio a él mismo, abrazando una almohada y diciendo que aquel día era el mejor de su vida, que la vida era hermosa, irrepetible y única. Sintió -creyó sentir- el calor de un beso que lo fulminaba. La imagen del primer amor pasó nuevamente e hizo que contuviera la respiración por unos segundos. Débil, se increpó, eres débil. Ya no le importaba, siguió recordando.
Recordó a un amigo que le tocaba el hombro y le decía “bien hecho”. El sonido del viento vino a su mente y sintió temor. Aparecieron las hojas de los eucaliptos tambaleando en la oscura noche en que caminaba hacia el viejo galpón del ferrocarril. La escarcha que entumecía sus manos y el olor de la combustión del carbón del viejo tren volvieron. Todo era tierno en el pasado, pero ahora todo estaba perdido. Aun así quiso llegar más lejos, hundirse más, no abrir los ojos a la realidad y siguió recordando, pero esta vez los recuerdos ya no eran bellos.
La mano de Nora que se apartaba. El día en que murió el viejo. Las paredes frías de la clínica y su lucha por vivir. Su madre sentada frente a ellos, en silencio. El deseo de abrazar a alguien más y no encontrarlo. El recuerdo de los meses perdidos en la monotonía. El sueño del primer amor que nunca fue. Y del último que se terminó. Todo, ahora, era cruel.
Quiso volver sobre sus recuerdos bellos pero no pudo. Imagen tras imagen volvían aquellos llenos de dolor y soledad. Muertes, fracasos, amores perdidos y desilusiones se continuaban. Un mundo ininteligible que lo abrumaba. El dolor de no tener certezas.
Estuvo a punto de prender la luz y abrir los ojos, pero se resistió. No, no otra vez, pensó. Quiso volver sobre lo bello. Recordó las películas que lo hicieron feliz y los libros que amaba. Trató de no sentir la angustia por saber que su vida dependía de aquellos objetos y que terminaba siendo algo impersonal. Pero las historias de viajeros y caminantes sordos, vaqueros, seres infernales y mundos fantásticos lo llenaron de alivio. El dolor y el amor se juntaron. Mundos dulces y amargos en aquellas historias, en aquellos recuerdos. No prendió la luz.
En la oscuridad, tomó el libro de cuentos y lo apretó con fuerza contra su pecho. Vino a su mente, entonces, el final del cuento: “Era una noche espléndida. Levantando el violín lo encajó sobre su mandíbula y empezó a tocar para nadie, en medio del estruendo. Para nadie. Y tuvo la certeza de que nunca lo había hecho mejor”.