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Editorial
PATAS CORTAS
Leí por allí que estamos inmersos en la “Era de la Mentira”, usada
principalmente como instrumento por cualquier tipo de poder, especialmente el
político y económico. En los momentos que vivimos, la mentira camina bien con el
poder, con la autoridad, con los que añoran el poder y la autoridad, con los que
buscan el poder y la autoridad. Casi siempre anda por ahí. Podemos suponer que
la mentira es consustancial al hombre y está enraizada en su lenguaje y en la
argumentación de sus pensamientos. La mentira no es un error, es la voluntad
clara de engañar, de no decir la verdad, evidentemente para sacar alguna ventaja
personal o colectiva.
Si miramos a nuestro alrededor, vemos que la mentira impregna una parte
importante de la acción política. Como decía Maquiavelo, la política es un
espacio para los embaucadores, donde “el Príncipe vence por fuerza o por
fraude”. Algunas decisiones o estrategias políticas nacen con el signo claro de
la mentira, en otras se comprueba que allí anidaba al cabo de un tiempo. En
muchos casos, los mentirosos pagan sus mentiras con la pérdida o debilidad de su
poder, algunos pueden llegar hasta la cárcel, otros, al contrario, siguen
inmunes y, en este acontecer, parte de los ciudadanos acaban cayendo en la
antigua práctica usada por Goebbels, ministro de propaganda de Adolf Hitler,
conocido por sus dotes retóricas y su capacidad persuasiva: "Una mentira
repetida mil veces se convierte en una verdad". A algunos políticos se les
castiga por mentir pero las consecuencias de sus mentiras siempre las sufren los
ciudadanos.
El grado de tolerancia con respecto a la mentira política debería ser en la
democracia, cero. Esta necesita para que para que funcione correctamente que sus
decisiones sean informadas correctamente a los ciudadanos. Aquí empieza uno de
los problemas ya que esta información procede, en muchos casos, de los distintos
sectores de la oposición, vía sus medios afines, que anteponen en este caso el
síndrome de abstinencia del poder o la reconquista del poder a costa de engañar
al ciudadano, buscando más el descrédito del oficialismo que la transmisión
veraz de la información. Un ejemplo reciente lo tenemos con los mensajes que
desde la oposición, a través de sus lenguaraces, lanzan permanentemente sin
sonrojarse tan solo. Se han transformados en guetos que buscan seguir, como
dicen en le barrio “luqueando” con el Estado o contra el Estado. La mentira no
siempre es total, veces se viste de matices que la hacen más velada: se cambian
las cifras, se comparan contextos diferentes que invalidan las conclusiones, se
hace una interpretación estadística parcial y extrapolada y lo más importante,
se envuelve en grandes declaraciones ya sea de patriotismo, de identidad, de
creencias y de catastrofismo. Y se utilizan movimientos sociales, mendaces en
estado cuasi cataléptico, cuestiones coyunturales... Solo importa mentir y
tratar de poner palos en las ruedas de los distintos niveles de gobierno. La
misma falta de ideas y la misma mala leche, se puede encontrar el quienes se
oponen, por ejemplo a la construcción del Hospital Materno Infantil y a los
desarrollos inmobiliarios de la zona norte. También mienten para embarrar la
cancha Clarín, La Nación y sus periodistas succionadores de glandes, y los
emergentes Morales Solá, Majul, Magdalena, Lanata y también la descarriada
Carrió, cada día más loca. En el orden local, el modelo se replica. Lo único
que hace la oposición, es pensar de qué manera pueden joder al Intendente e
impedir el crecimiento del Distrito. Esto es, estar también en contra de la
comunidad de la que forman parte. Y a la que pretenden confundir mintiendo
descaradamente. Todo es válido. Lanzar rumores, mentir, judicializar. La
cuestión es joder.
Parecería que en una sociedad plural como la existente, con múltiples medios y
canales de comunicación, se debería facilitar la información veraz al ciudadano
pero queda demostrado que la multiplicación en los medios, de las falacias, con
sus ruidos, ha incrementado la incomunicación.
En lugar de ponerse a trabajar en la búsqueda de soluciones alternativas, los
opositores, se han transformado en meros comentaristas críticos, pero sin
aportar soluciones alternativas serias para solucionar cuestiones necesarias
para que los geselinos y los turistas vivan mejor. ¿Qué podemos hacer?
Simplemente tratar de poner en marcha los mecanismos de autodefensa que cada uno
se los seres humanos tiene. Para leer el presente de cada uno, hay que meterse
en su pasado. Y esto es fácil. Algunos de los emergentes del pseudo radicalismo
legislativo, en su pasado político cuentan con varias cuentas por pagar. No
llegaron ayer a la política. Viven, hicieron mucho dinero o sobreviven de ella y
por ella desde hace muchos años. Por lo tanto, lo que está mal, pasó por sus
manos o sus mentes. Nada le es extraño. Sobre todo en el tema del cemento en la
playa. No fue este Gobierno el que impulsó la realización de los verdaderos
disparates de hormigón, una grosería ecológica, por cierto. Todo pasó en
gobiernos radicales. Pero los ciudadanos deben tener cuidado porque las
decisiones tomadas bajo el influjo de la mentira dejan, en muchos casos,
secuelas importantes que jamás se pueden restaurar. Claro que en este caso, la
mentira tiene patas cortas. Como sucede con los balnearios y los nuevos
defensores de la “ecología”. Usted podrá ver, oír y leer a dirigentes de la
oposición cuestionando la utilización de pilotes de cemento en la playa por ser
sumamentes agresivos con el medio ambiente. Pero, son los mismos que ahora, muy
frágiles de memoria, permitieron que se haga todo lo que se hizo en la playa:
Cementarla en toda su extensión durante años y años. Ahora, el cuasi eterno
Fiscal de Estado de la provincia de Buenos Aires se dice, ha presentado un
escrito en el que se expide contra el cemento en la playa. ¡Hace 25 años que es
Fiscal1 ¿Por toma esta decisión ahora? Ampliaremos la próxima semana.
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