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Sobre el amor y otras cosas no
menos importantes
LA PREGUNTA
Siempre es
necesario hacer la pregunta,
Esa que
tenemos en el pecho, clavada,
Aunque de
antemano, sepamos la respuesta…
Y esta sea
dolorosa.
Es mucho peor
el silencio.
Mariana finaliza su breve discurso, ese que ya había
ensayado. Germán escuchó en silencio.
Llueve. Los postigos no están cerrados y una tenue luz
favorece la intimidad del cuarto: las formas del espejo, de la cómoda, de la
silla, de la puerta del baño y de sus cuerpos, apenas se destacan de las
sombras. La ropa revuelta, está sobre la alfombra y entre las sábanas.
Ella se echa boca abajo sobre la cama: su cabello ondulado
le cae sobre los hombros, con los brazos hundidos en la almohada y los ojos
cerrados, respira despacio. Suspira.
Germán, todavía incrédulo, trata de aparentar calma. Le
acaricia la espalda con los labios y se evade, cautivado por el gusto agridulce,
por las ínfimas gotas de sudor y el perfume inconfundible de su piel. Sin
embargo, al seguir el trazo de un lunar coralino con la yema del dedo,
sobreviene la duda: ¿Y ahora qué? La caricia inconclusa, la mirada vacía.
Derrotado, apoya la cabeza en la almohada.
El humo de cigarrillo se impone en la habitación. La cama
huele a semen y sudor. Germán y Mariana volvieron allí, porque en este hotel
se citaron la primera vez y se hizo costumbre. Ninguno pensó en otro sitio.
El se levantó de la cama buscando a tientas algo sobre la
mesa de luz. Otro Benson. La brasa irradia luz como un pequeño sol intermitente
en la penumbra e ilumina la imagen de su cara en el espejo que le devuelve un
demonio. Fuma inmóvil al lado de la cómoda. Le gustaría encontrarse en otra
parte. Quizá mirando a la gente mojada, desde el balcón de su departamento,
frente a la Playa de los Milagros o caminar por ella, sintiendo el ruido de las
olas y respirando el salado aire que se disfruta plenamente. En alguna otra
parte, cualquier parte. Imagina y posterga la reflexión.
¿Y ahora qué? Es todo lo que se atreve a pensar.
Con los párpados entrecerrados intenta circunscribir el
cuerpo de Mariana confundido entre las sábanas.
-¿Qué mirás?
-No sé. Nada. Me gustás.
La echa de menos. Aunque está aquí, ya ha empezado a
extrañarla.
-A veces te extraño.
-No te creo... vos no sos así.
-Bueno... estos días te he extrañado. Es como si de repente
me hicieras falta. Pero... no sé... no sé
-Estás loco. ¡Tonto! No me confundas... Este no es el
momento y además... además... ¡Vos no sos así! ¡Nunca has sido así!
-Sí, tenés razón. Lo siento.
Aplasta el cigarrillo y vuelve a la cama. Ella lo abraza
con ansia, huele sexo como si se tratara de un animal. Él disfruta sintiendo el
aliento cálido en la piel.
Se quedan callados en medio de un silencio de rumores
vagos. Al fondo una mujer tararea acompañada del zumbido monótono de la
aspiradora, bocinas que delatan el enojo de una ciudad que no se despereza nunca
y voces que hablan un idioma de subtítulos.
Comienzan a besarse de nuevo. La confusión y los odios se
esconden. Las sábanas caen. Los minutos sin palabras.
Dientes atrapando un pezón disminuido que de inmediato se
yergue y responde. La mano se ha cerrado sobre el miembro, recorre morosa y
dispone el torrente con que la sangre lo colma.
Mariana, encima, mece las caderas, un movimiento amplio, un
arrullo que sustituye el canto con gemidos, contrae los dedos y los extiende
mientras Germán la toma de la cintura. El placer exige celeridad, todo es
desgarrarse, romperse, dejar sobre la cama y en el aire los arrestos...
Finalmente se apartan sudorosos, satisfechos.
Fuman otra vez en silencio. Mariana respira lentamente. A
Germán una molestia, realmente incómoda le crece en el vientre. Los minutos sin
palabras.
-¿A qué hora tenés que irte?
Ella acerca su muñeca izquierda al rostro y enseguida la
aleja tratando de enfocar las manecillas fosforescentes.
-¡Ya es tardísimo! ¡Vestite! ¡Vamos! -Se pone de pie,
enciende la luz y comienza a revolver entre las sábanas para encontrar su ropa,
luego entra al baño…
Mariana vuelve y él la contempla un minuto más, fijándose
en los detalles, angustiado mientras va perdiendo su piel: cada prenda es una
vuelta al vacío, el filo que desolla la intimidad. Finalmente está vestida y él
debe levantarse.
La noche es inminente.
Al fin Mariana se le acerca con el color fresco en los
labios y la mirada indescifrable. Lo besa varias veces en silencio. Desconfiada
se toca los lóbulos, el cuello, las muñecas y palpa su cartera asegurándose de
no estar olvidando algo. Él no puede evitar que sus ojos regresen a la cama.
Bajan las escaleras. El pone la llave sobre el mostrador y
salen del hotel.
Juntos pero sin tocarse caminan hacia la Avenida 3. Hay
algo triste y sucio en sus siluetas. Ella evita los charcos, él no, distraído,
buscando qué decir sin decir nada.
Las nubes, deshonestas, se desploman otra vez. La llovizna
comienza a mojarles el cabello y les humedece su ropa. Mariana se detiene bajo
un pequeño techo.
-Aquí está bien. Ya ha de estar en el teatro esperándome.
Que no nos vaya a ver... -Una gota menuda pende de sus pestañas. Vuelve la
mirada hacia la otra calle constantemente, nerviosa. -...Adiós.
-¿Adiós?... pero...
-Adiós Germán.
Se quedó ahí, un momento viéndola alejarse y esquivar los
charcos. El dolor, oprime su pecho Echa a andar hacia otro lado. De pronto, se
vuelve apremiado y regresa sobre sus pasos buscándola pero ella se ha perdido en
la Avenida.
La pregunta inútil languidece en sus labios: ¿Y cuándo te
casás?

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