El cafecito de Germán Delgado

MENTIRAS IMPIADOSAS

El reencuentro con una vieja (2008) nota, actualísima...

 

La afición por la mentira, amenaza devenir en una práctica permanente que compromete a medios de comunicación, políticos, analistas, etc. Hay un espacio grande en la esfera política que ha sido ocupado por la hipocresía y el enredo y lo malo es que es visto como rasgo esencial o sobresaliente de la política.

Más que enredado, el cuadro político local se encuentra en un estado oscuro. De un tiempo a esta parte la política se ha visto distorsionada por circunstancias y polémicas que responden de manera bastante próxima a los climas tenebrosos que se crean en cualquier simple mundo comunitario. Temas, frases o gestos de relevancia menor se prestan para enredos magnificados comunicacionalmente y que, en más de un caso, adquieren una dinámica tal que terminan en situaciones inentendibles porque ya nada tienen que ver con su modesto origen.

La afición por enredar la información amenaza devenir en una práctica permanente y que compromete a medios de comunicación,

¿Es este un fenómeno puramente modal e inocuo? Pudiera ser, efectivamente, una pasajera moda banal y, aunque permaneciera en el tiempo, no representaría grandes riesgos si persistieran poderosas corrientes de opinión y conductuales que aseguraran la preponderancia de una práctica y un discurso político bajo cánones más respetables.

El asunto es que esta afición por mentir y enredar está inmersa en factores que pueden llegar a ser respaldos potencialmente activos para su permanencia y expansión.

En efecto, la actitud de marras puede encontrar amparo en tres fenómenos que circulan por la política moderna y cuyas manifestaciones conducen a un cuadro propicio para el asentamiento y progreso de una actividad política trivial y falaz. De esos fenómenos –y tendencias- aquí se enuncian tres.

El primero alude a lo que se ha vulgarizado como la idea fukuyamista del “fin de la historia” y que en lo real-concreto se traduce en la proliferación de un tipo de político “escéptico”, mal llamado “pragmático” y que, inconfesamente, no le asigna

a la política ningún rol “mítico” o “épico”. Para este tipo de político, la política no tiene contenido “histórico” (en el sentido hegeliano), ergo, deviene en una actividad técnica, rutinaria y en la que la acumulación y reproducción de poder es el principal aliciente para el político. Es natural que con esta mirada la política tienda a ser practicada con un nivel bajo de trabajo intelectual y con una sublimación de los elementos subjetivos que participan en el proceso de acumulación y reproducción de poder individual.

El segundo dice relación con el anterior, pero se especifica en lo nacional en virtud de los avances que ha tenido el país en los últimos años. En los planos económicos, sociales y políticos existe la sensación –en la media política- de “misión cumplida”, en el sentido de que se habría hecho lo más y que restaría lo menos, tanto en lo que se refiere a estabilidad y crecimiento económico, a “deuda social”, pobreza, calidad de vida, etc., como en lo que respecta a consolidación institucional y democrática. “Misión cumplida” implica, por otra parte, la desdramatización de los problemas de la sociedad.

Los dramas impulsores y centralizadores de la política en las últimas dos décadas habrían sido superados al menos en lo que concierne al dramatismo que inicialmente contenían. Sin dramas es lógico que la política no se vea impelida a urgencias y a esfuerzos adicionales para alcanzar nuevos hitos. La desdramatización juega una suerte de papel “liberalizador” de la política: puede dedicarse más a sí misma y ello, normalmente, quiere decir, dedicarse más al juego y a la competencia de poderes. Competencia de poderes que, sin dramas a resolver, sin mitos o épicas, casi inevitablemente se desplaza hacia los aspectos más menudos y subjetivados de la política: históricos, estructurales y socio-culturales. Es decir, se le pedía una función crítico-intelectual cuyo resultado era presentar el hecho político en sus complejidades esenciales. Al “analista mediático” –a la inversa- se le asigna como tarea la de hacer accesible a las masas (o a universos masivos) el hecho político, para lo cual recurre a la simplificación, adicionando y conjugando informaciones que las masas desconocen pero que les resultan de fácil comprensión. Así, el “analista mediático” reduce y adapta el lenguaje a lo que “la gente quiere”, por consiguiente,

su “análisis” autonomiza la política de otras variables y se concentra en las formas y en la interpersonalidad del hecho político.

La importancia que reviste este nuevo tipo de analista es que aparece -ante el público masivo- como “el intelectual de la política” y, en tanto tal, legitima intelectualmente, a través de sus análisis, el modo de hacer política no-histórica (Hegel) y en alto grado concentrada en el juego y competencia individual de poder. En otras palabras, el “analista mediático” lejos de ser crítico de la trivialización e individualización de la política le da a ésta un aura de legitimación intelectual.

La complicidad de estos tres factores tendenciales –como se dijo- contribuye a la consolidación de escenarios políticos en donde la política aparece como una actividad caracterizada en lo sustantivo por enredos y maniobras inspiradas en los intereses de pequeños grupos y personalidades. El asunto es que, si bien esa imagen responde a realidades, es una imagen que no agota todas las realidades de la política. Primero, porque hay más de un tipo de política y de políticos y, por sobre todo, porque la conflictividad política moderna incluye el conflicto entre concepciones y prácticas de la política.

En un plano más tangible, una de las principales consecuencias negativas que tendría la consolidación de tales tendencias sería el afianzamiento de un paralelismo en las dinámicas políticas. Se tendría, de un lado, una política básicamente formalista y con escasa organicidad socio-estructural y cultural, pero altamente difundida entre el público.

Y se tendría, de otro lado, una política trascendente y acorde con los procesos integralmente reales de los que debe dar cuenta la actividad política, pero virtualmente sin interlocuciones con los públicos masivos.

Por supuesto que un paralelismo de esa naturaleza sería un mal augurio para la calidad de la política, de la democracia y, a la larga, para el desarrollo del país.

 

 
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