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La columna de Jorge Fava FINAL
Sin ánimo de ser adivinos, ni cosa que se le parezca, los vientos que soplan el planeta preanuncian tiempos distintos. Tiempos que no podemos descifrar a no ser que exista una suerte de “escatología de la política” en que desde una posición cuasi religiosa, pudiéramos pontificar como si fuéramos profetas bíblicos, que el mundo está llegando a su fin apocalíptico y que la situación del planeta tiene un epílogo escrito e irrefutable. Aunque el encierro y las penurias del aislamiento nos agobien, como a todos los mortales en estos tiempos, todavía estamos lejos de una depresión que demuela las esperanzas que nos quedan de poder ver un mundo mejor. Tampoco queremos caer es en exceso de optimismo, aferrados a nuestras convicciones convertidas, casi, en utopías que perseguimos desde nuestra juventud y que nunca se concretan, porque cuando parece que las alcanzamos, se cruza en el camino alguna interferencia estrafalaria que nos hace retrotraer hacia posiciones impensadas, y que como un balde de agua fría nos despierta de un sueño a punto de convertirse en realidad. Apoltronados en esta realidad circundante, alimentada con noticias al instante, traídas estridentemente por las redes sociales y los canales de noticias, el ahogo de la realidad actúa como un vicio que nos debilita la voluntad de pensar por las nuestras, y nos convertimos en repetidores de malas noticias, que sumadas a las que padecemos pandemia mediante, hacen que el aire que respiramos a través de los barbijos resulte insoportable. Ese chusmerío mediático que lastima los oídos y destruye voluntades, nos convierte en máquinas repetitivas de sandeces, que miradas en la perspectiva temporal, nos avergonzarán a medida que pasen los días. Mientras tanto la vida se nos va y transcurren los días calcados, donde lo único que cambia es la cantidad de contagiados que nos trae cada jornada y el conteo tétrico de las muertes ocasionadas por obra del virus que castiga a la humanidad con furia desconocida, para esta generación al menos, poseedora de una soberbia existencial de la que presumía, por creerse indemne ante cualquier enfermedad exótica. En este remolino de noticias que van y vienen, irrumpieron realidades impensadas en países que basaban su existencia en la prepotencia de un publicitado desarrollo, que los presumía omnipotentes y poseedores de todas la bondades posibles, pero montados en la mentira de un modelo perverso, excluyente, racista y xenófobo. Nuestro verano fenecía cuando Europa sintió el látigo de una especie de ángel exterminador que se ensañó con los hogares de ancianos y geriátricos en el norte de Italia, o en la España que nos legó la letra ñ, para hacer bien diferente nuestro lenguaje, donde la desidia y la improvisación colaboraron para que el Armagedón se hiciera notar al punto que el apilamiento de cadáveres en la puerta de los hospitales, fueran la mala nueva en el prime time de la televisión y tapa de los diarios del mundo. La cabalgata asesina ya avisaba desde Oriente que llegaría irremediablemente para golpear las puertas de los otrora países coloniales que había osado deambular por sus dominios. Incrédulos siguieron con sus rutinas, hasta que el monstruo penetró prepotente en esas sociedades que se hicieron opulentas gracias al saqueo que hicieron en sus colonias, y todo cambió. El norte opulento y rubio, también sintió el frío de la muerte que portaba el CONAVID 19, y los británicos atónitos tuvieron que soportar que el monigote elegido como primer ministro se burlara de la peste, hasta que ella le hizo sentir su presencia en carne propia. Así también sus vecinos vikingos de la Escandinavia, envidiados por sus sociedades justas y solidarias se sintieron que no eran neutrales ante la calamidad. La Francia libertaria y los países bajos sintieron la furia del mal que arremetió contra sociedades y provocó el tembladeral político que aún deben soportar, ante un enemigo que no fue derrotado, porque no hay vacuna que lo haya destruido y amenaza con volver, para hacer nuevos estragos en sociedades que descubrieron que el sistema neoliberal los había dejado desnudos ante el avance de calamidades impensadas, pero generadas por la explotación depredadora de un planeta que pedía a gritos clemencia, ante la furia capitalista destructora de su medio ambiente. El sueño de volar que tuvieron los hombres, también fue el vehículo de tanta muerte durante el siglo pasado y lo que va del presente. Las guerras modernas tuvieron como protagonistas a las máquinas voladoras, capaces de transportar muerte envasada en toneladas de explosivos para descargarlos en poblaciones indefensas para transformarlas también en víctimas de esa criatura siniestra, que los hombres llaman con asiduidad, cuando dejan que su ambición desmedida de riquezas justifique sus matanzas continuas. Esas mismas aeronaves, cada vez más sofisticadas y veloces, también cargaron pasajeros ensoñados con la ilusión de conocer nuevos destinos, llamados por la industria del turismo, que sin querer los mutó en transportadores de la desgracia para millones de prójimos, que inocentemente desde su miseria ven como otra calamidad viene a convivir con sus padecimientos además de la pobreza. La Babilonia moderna, emblema del imperio en decadencia, padeció la llegada de viajeros de todo mundo que fueron depositando en sus calles esos microscópicos soldados portadores de la muerte, que atosigaron su ambiente hasta convertirlo en insoportable. El aire se enrareció y la nación que se vanagloriaba de nunca haber sido ocupada por un enemigo, hoy soporta como el cachetazo de la muerte la hace despertar de ese letargo pretencioso de sociedad invulnerable, descubriendo que además de los millones de enfermos contagiados, otros van perdiendo su existencia ante la indiferencia de un eunuco político al que eligieron como presidente.
con el reinado del orgullo blanco en noviembre, siempre y cuando ese pueblo descreído con 42 millones de desocupados, entienda que tiene el poder de cambiar la realidad y no se deje violar en el altar mediático, por las mentiras de los poderosos abjurando del derecho de votar por un cambio predecible. Como las naves venidas del otro lado del Atlántico, tripuladas por reos con armadura, portando la cruz del amor convertida por su blasfemia imperdonable en la cruz del odio y la muerte hace más de cinco siglos, hoy desde las mismas tierras de los que vinieron a segar la vida de millones de integrantes de los pueblos originarios, los turistas que ignoraron la pandemia declarada por la OMS, trajeron en sus vías respiratorias al enemigo que fue derecho a anidarse en los hogares de los barrios populares, las favelas y las villas miseria del declamado Continente de la Esperanza por los Papas pos conciliares. Desde el México guadalupano a la Argentina lujanera, el desmadre de la salud sacude las entrañas de la Patria Grande. Los íconos políticos de la derecha incalificable y recurrente, han caído en el abismo del descrédito de su inoperancia y su desfachatez delincuencial. El mal imitador del titular del imperio, usurpador de voluntades e hijo del law fare a la brasileña, Jair Bolsonaro, se ha transformado en un llamador de devastación y desgracias para su país con su prepotente ignorancia, hamacada en una locura parecida a la del desequilibrado austríaco, que desde la Alemania nazi generó la peor guerra soportada por la humanidad y autor del holocausto. El mequetrefe chileno, heredero y admirador de Pinochet ha sumado una nueva derrota en su pretensión de erigirse en el ejemplo de un neoliberalismo que ha caído en el mayor de los desprestigios toda vez que ocasionó el peor desastre económico desde 1929 a la fecha, y que en esta oportunidad, parece transformarse en el enterrador de una era que pretendía clausurar la historia a su favor. En la Bolivia orgullosa de su wiphala, un grupo de fanáticos religiosos irrumpieron en el Quemado para desalojar a los herederos de la sangre originaria y transformarla nuevamente en un foco de las ambiciones imperialistas para apropiarse de recursos fundamentales como el litio, y con la biblia en la mano, pretenden desterrar a la pandemia que maltrata a los habitantes del altiplano pobre, al ser abandonados a su suerte por una dictadora cruel y arrogante. Así como desde el Perú, que naufraga en su economía e inestabilidad en un mar de fallecidos como consecuencia de la falta de protección a la salud, como acontece en todos nuestros países fatigados por los desvaríos de una dirigencia entreguista, cultoras de una ideología que se ha transformado en una mala palabra. La Argentina ha emprendido el camino contrario, defendiendo la vida ante tanta adversidad, y en toda la dificultad que significa remontar la cuesta de una deuda impagable contraída por el macrismo, pretende recomponer un sistema de salud destruido por el régimen oprobioso de los enemigos de siempre.
Preocupa que ante tanto esfuerzo, las convicciones humanitarias esgrimidas por el presidente, puedan sucumbir ante las presiones de los grandes empresarios y por el Jefe de Gobierno de CABA, que protegido como siempre por medios y periodistas alimentados con la pauta estatal, sigue en su actitud sibilina de parecer potable ante un electorado nacional que lo desprecia tanto como a su jefe y mentor. Los sueños de tantas generaciones parecen desvanecerse otra vez. La negrura del presente se hace más oscura ante tanta imbecilidad circundante que reniega de las medidas indispensables para sortear los días fríos de un invierno inminente. Todo eso no deja de abstraernos de una realidad que nos sacude, nos violenta y nos deprime ante tanta incordura individualista. El sacudón que estamos recibiendo es muy fuerte y nos hace pensar que nada es eterno, las ideologías van y vienen. Los imperios se acaban y aparecen nuevas hegemonías para recomenzar la rueda de la historia, que se presume distinta. Es en ése FINAL en que pensamos. En el que se renueva la esperanza de un tiempo distinto y una vida mejor.
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