Campo y Estado: Construir la política del acuerdo
EL PREDOMINIO DE LA CORDURA SOBRE LA LOCURA
Quizás la punta del ovillo en esa tarea, la tengan en sus manos quienes, habiéndose ganado una reputación incuestionable en la escena política nacional, de los partidos que estén menos expuestos a la interna, y a las presiones y urgencias electorales. Rescatando a dirigentes de prestigio de la UCR y del PJ, Ellos pueden construir el acuerdo político y dejar de lado la “política de adversarios”. Quizás ayude en ello el hecho – en el caso de estos líderes políticos- que sus intereses personales coincidan con el necesario altruismo que exige la tarea de elaborar un nuevo marco de racionalidad colectiva que lleve lo político y económico al terreno de lo humano, de lo racional. Claro que hay que admitir que en las condiciones intersubjetivas en las que debe apoyarse un pacto político institucional hoy no son fáciles de establecer. Pasar de la “lucha” o del “juego” a la acción política concebida como “debate”, plantea exigencias de racionalidad que muchas veces sobrepasan la buena voluntad de los mismos protagonistas, incluso en ámbitos como el Parlamento, que parecieran ser los más propensos para la ejercitación del diálogo entre adversarios.
En la “lucha”, los antagonistas tienden a perder el autoncontrol, generan reacciones desproporcionadas, y el intercambio de ofensas se intensifica en una escalada indefinida. Y en estos casos, el pueblo es llamado a confrontar. Los sectores en pugna lo necesitan. En este “juego”, los actores mantienen el control racional de su comportamiento, pero no sobre los resultados y continuidad del juego. Puede se que consigan minimizar pérdidas o maximizar ganancias en términos de poder, pro no siempre el engaño o la disuasión son convincentes para el resto de los “jugadores”, menos todavía si estos advierten que el reconocimiento del error o del acierto de algunas de las partes los coloca fuera de la competencia. Aquí la gente puede mediar, pero también ser víctima de las cálculos estratégicos que lo hacen intervenir como masa de maniobra. En cambio, el “debate” implica que la política se recrea a sí misma como práctica democrática y las factores d e poder económico de avienen a bajarse de sus pedestales para sentirse seres normales, de carne y hueso. Las estrategias partidarias, del Estado y de los productores, no se definen en función de una relación polarizante entre amigos y enemigos, ni tampoco en base a un juego que especula con los errores del contrario o con sus necesidades, si no que se articula, se estructura, mediante un intercambio dinámico de argumentos comparables.
La reformulación de los planteos del adversario en términos reconocibles para éste, y no la apelación al contra-argumento ad hominen o la presentación tergiversada de sus posiciones, es uno de los requisitos indispensables de la democracia concebida como sistema de concesiones mutuas y como la admisión del error sin costos políticos irreparables. Requisito cuyo cumplimiento puede ser reforzado si los competidores comprueban que a mayor complejidad o conflictividad de una cuestión como la de la relación Estado-Campo, es la posibilidad que tiene de conocer a priori qué soluciones serán redituables desde el punto de vista de sus intereses políticos inmediatos.
Obviamente, el régimen democrático dispone de los mecanismos para poner fin a cada discusión mediante la inapelable aplicación de la ley del número. Pero el asunto no es éste, si no que las decisiones que finalmente se adopten sean por su razonabilidad convincentes para todos. Cuando nadie puede convencer a nadie sobre nada, difícilmente pueda darse la flexibilidad en la conversión de un argumento valido para los sectores en pugnan en un argumento válido para todos. No basta el deseo nacionalizante de entenderse en nombre de la unidad nacional, es preciso además reformular los argumentos del adversario en términos mutuamente aceptables, exponerse a las críticas y reelaborar los propios argumentos evitando interponer barreras infranqueables de pretendida irrefutabilidad.
La democracia no admite “tosquedades” a la hora de establecer diálogos. La riqueza del acuerdo está en la eliminación de los antagonismos atávicos, lo que no quiere decir la abdicación de las posiciones que se creen válidas. Para el acuerdo, simplemente ha de prevalecer la cordura, sobre la locura.