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Queridos hermanos:
La Iglesia, agradecida por este inmenso don, se reúne hoy, en torno al Santísimo Sacramento, porque en él se encuentra la fuente y la cumbre de su ser y su actuar.“¡La Iglesia vive de la Eucaristía!” y sabe que esta verdad no sólo expresa una experiencia diaria de fe, sino que también encierra de manera sintética el núcleo del misterio que es ella misma. (cf. Ecclesia de Eucharistia, 1). Desde el siglo XIII la Iglesia celebra con gran devoción esta fiesta, que en un primer momento puede parecer la repetición del gran misterio pascual celebrado el Jueves Santo. Sin embargo allí se considera el aspecto sacrificial y aquí la presencia real. Profesamos nuestra fe en la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía, con su cuerpo, sangre, alma y divinidad. Es el “misterio de fe” por excelencia. “es el compendio y la suma de nuestra fe” (SC, n°6). “La Santísima Eucaristía es el don que Jesucristo hace de sí mismo, revelándonos el amor infinito de Dios por cada hombre. En el Sacramento eucarístico Jesús sigue amándonos “hasta el extremo”, hasta el don de su cuerpo y de su sangre. ¡Qué emoción debió embargar el corazón de los Apóstoles ante los gestos y palabras del Señor durante aquella Cena! ¡Qué admiración ha de suscitar también en nuestro corazón el Misterio eucarístico!” (Sacramentum Caritatis, introducción) La fe de la Iglesia es esencialmente fe eucarística y se alimenta en la mesa de la Eucaristía. Aparecida (Documento de la V Conferencia) nos invita a renacer desde Cristo, y como nos dice nuestro querido Benedicto XVI: “Toda gran reforma está vinculada de algún modo al redescubrimiento de la fe en la presencia eucarística del Señor en medio de su pueblo”. Quisiéramos en este día pedir la gracia que en toda la Diócesis se despierte cada vez más el “asombro” eucarístico, que nos lleve a “arrodillarnos en adoración ante el Señor. Adorar al Dios de Jesucristo, que se hizo pan partido por amor, es el remedio más válido y radical contra las idolatrías de ayer y hoy. Arrodillarse ante la Eucaristía es una profesión de libertad: quien se inclina ante Jesús no puede y no debe postrarse ante ningún poder terreno, por más fuerte que sea.” (Benedicto XVI, Corpus Christi) “Nos postramos ante un Dios que se ha abajado en primer lugar hacia el hombre, como el Buen Samaritano, para socorrerle y volverle a dar la vida, y se ha arrodillado ante nosotros para lavar nuestros pies sucios. Adorar el Cuerpo de Cristo quiere decir creer que allí, en ese pedazo de pan, se encuentra realmente Cristo, quien da verdaderamente sentido a la vida, al inmenso universo y a la más pequeña criatura, a toda la historia humana y a la más breve existencia. La adoración es oración que prolonga la celebración y la comunión eucarística, en la que el alma sigue alimentándose: se alimenta de amor, de verdad, de paz; se alimenta de esperanza, pues Aquél ante el que nos postramos no nos juzga, no nos aplasta, sino que nos libera y nos transforma.” (ibid) Que la Eucaristía realice la unidad, parece una verdad evidente para los cristianos, (también la llamamos comunión) pero tenemos que descubrir la profundidad de esta realidad que es precisamente su capacidad de unificar todo lo que encuentra a su paso. La Eucaristía es un sacramento de unidad porque unifica en sí el pasado, el presente y el futuro de la historia (de la salvación). El pasado, en cuanto hace memoria de la Pasión del Señor; el presente porque la Iglesia se une a Cristo para seguir inmolándose. No hay Eucaristía sin Gólgota, pero tampoco hay Eucaristía sin Iglesia. El futuro porque la Eucaristía mira hacia la gloria; es el nuevo maná de la Iglesia que peregrina hacia el cielo, pero ya es anticipo porque comemos a Cristo glorioso, nos alimentamos de gloria, es anticipo y esperanza de la Resurrección. El pasado nada pierde de su riqueza en el presente, y el presente se orienta hacia el futuro. Desde el Génesis hasta el Apocalipsis pasando por la Cruz.
La Eucaristía es un
sacramento de unidad porque lleva a su máxima expresión la identificación entre
Cristo y el hombre hasta tal punto que ambos se hacen uno en una sola carne: “el
que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él”. Se realiza la
verdadera cristificación. San Agustín pone en boca de Jesucristo “No eres tú
quien me convertirás a ti, como el alimento de tu cuerpo, sino que soy Yo quien
te convertiré a Mí”. La Eucaristía es también un sacramento de unidad porque lleva a su máxima expresión y a su plenitud la unidad del Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia por el hecho de que muchos son uno en Cristo. Escuchábamos a San Pablo en la segunda lectura “Ya que hay un solo pan, todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque participamos de ese único pan” Unidad eclesial, toda falta contra la unidad es también una falta contra la Eucaristía; pero además nos interpela a cultivar el amor social con el cual anteponemos el bien privado al bien común. La mística del sacramento tiene un carácter social que nos lleva a unirnos con todos los hombres para trabajar por la paz, la justicia, la reconciliación y el perdón, transformar las estructuras injustas para restablecer la dignidad del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios. El Santo Padre nos decía en esta celebración de Corpus en Roma, tomando palabras del Apóstol Pablo: "ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús" (Gálatas 3, 28). "¡Todos vosotros sois uno!". En estas palabras se percibe la verdad y la fuerza de la revolución cristiana, la revolución más profunda de la historia humana, que se experimenta precisamente alrededor de la Eucaristía: aquí se reúnen en la presencia del Señor personas de diferentes edades, sexo, condición social, ideas políticas. La Eucaristía no puede ser nunca un hecho privado, reservado a personas escogidas según afinidades o amistad. La Eucaristía es un culto público, que no tiene nada de esotérico, de exclusivo. En esta tarde, no hemos decidido con quién queríamos reunirnos, hemos venido y nos encontramos unos junto a otros, reunidos por la fe y llamados a convertirnos en un único cuerpo, compartiendo el único Pan que es Cristo. Estamos unidos más allá de nuestras diferencias de nacionalidad, de profesión, de clase social, de ideas políticas: nos abrimos los unos a los otros para convertirnos en una sola cosa a partir de Él. Esta ha sido desde los inicios la característica del cristianismo, realizada visiblemente alrededor de la Eucaristía… por tanto, el Corpus Christi nos recuerda ante todo esto: ser cristianos quiere decir reunirse desde todas las partes para estar en la presencia del único Señor y ser uno en Él y con Él.” “La fuerza del sacramento de la Eucaristía va más allá de las paredes de nuestras iglesias. En este sacramento el Señor está siempre en camino hacia el mundo. Este aspecto universal de la presencia eucarística se aprecia en la procesión que haremos al concluir la Misa. Llevamos a Cristo, presente en la figura del pan, por las calles de nuestra ciudad. Encomendamos estas calles, estas casas, nuestra vida diaria, a su bondad. Que nuestras calles sean calles de Jesús. Que nuestras casas sean casas para Él y con Él. Que nuestra vida de cada día esté impregnada de su presencia. Con este gesto, ponemos ante sus ojos los sufrimientos de los enfermos, la soledad de los jóvenes y los ancianos, las tentaciones, los miedos, toda nuestra vida. La procesión quiere ser una gran bendición pública para nuestra ciudad: Cristo es, en persona, la bendición divina para el mundo. Que su bendición descienda sobre todos nosotros. (Benedicto XVI, Homilía de Corpus Christi, 26/5/2005) La solemnidad de “Corpus Christi” coincide este año con la fiesta patria del 25 de Mayo, por eso hemos puesto como lema para la procesión: “Por una Patria de hermanos”. ¡Qué mejor oportunidad que esta, tan providencial, para que “desde nuestra fe acudamos a Jesucristo, Señor de la historia, y le dirijamos una súplica confiada para poner bajo su mirada protectora las preocupaciones, desvelos y esperanzas de los argentinos”. (CEA, 95° Asamblea Plenaria, 7-12/04/2008) Estamos a dos años de la celebración del bicentenario de nuestra Patria; la memoria histórica nos recuerda que ella hunde sus raíces más profundas en la fe cristiana; esta es la verdad que no excluye, porque sólo Cristo puede dilatar los corazones y voltear las barreras del alma para aceptar que todo hombre es un “don” para mí y por eso es mi hermano, aun aquel que no piensa igual o que tiene otras creencias. Caminemos como hermanos hacia el bicentenario de la Patria, con la mirada y el corazón puesto en Cristo. Caminemos hacia el Bicentenario “con el empeño perseverante de construir la amistad social entre todos los habitantes de nuestra Patria, desterrando desencuentros, odios, rencores y enfrentamientos, promoviendo la equidad y la justicia para todos… Con el diálogo respetuoso y fundado en la verdad, afiancemos las instituciones democráticas de la República y el federalismo, respetando la Constitución Nacional, garantía para todos de una convivencia pacífica e incluyente”. (Cf. CEA, 95° Asamblea Plenaria, 7-12/04/2008)
Desde los orígenes de la
Patria, la Virgen María, “Madrecita de Lujan”, cobijó a los argentinos bajo su
manto de amor, ella camina con nosotros y nosotros caminamos con ella. Por eso
junto a toda la Iglesia en Argentina le pedimos que interceda por nosotros ante
su Hijo Jesús para que en este “Corpus Christi” el Señor derrame su bendición
sobre toda nuestra Nación, sobre los gobernantes y sobre el Pueblo,
especialmente sobre aquellos que más sufren. Que esta tierra, generosa en la
inmensidad de sus campos y de sus mares, fecundada en la nobleza del trigo y
perfumada por la belleza del vino, se vuelva generosa, fecunda y bella por los
frutos del amor, la reconciliación y la paz.
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