“Los límites de mí lenguaje son los límites de mí mundo”

SOBRE LAS PALABRAS Y LOS SILENCIOS

 

Escribió Calderón de la Barca que «el silencio es retórica de amantes». De esto mucho saben los místicos, aquellos poetas cuyo amor ha superado cualquier discurso ordinario y se cobija en lo inexpresable. La palabra, cuando es vista desde fuera, nos señala algo que precipita toda acción de sentido por un caos de necesario silencio. Cuando vemos, por ejemplo, su gran variedad de usos, de significados que arroja según el contexto, los intereses o cultura del hablante, etc. Wittgenstein se dio cuenta que en el discurso el principal problema era el medio del lenguaje, la proposición, la que podría llevar a engaños, ambigüedades y encrucijadas deviniendo en una actividad discursiva que no era más que juegos del lenguaje.

La necesidad de establecer verdades lógicas en toda actuación del discurso científico ha sido un problema que hoy día no está ni mucho menos resuelto. El uso del lenguaje, su carácter individual, la necesidad de que sea el hombre aquel que inicia todo discurso y la más compleja necesidad de que sea el otro individuo quien interprete las palabras arrojadas a lo ajeno, hace que apenas podamos ponernos de acuerdo en la aceptación de un sentido consensuado ante cualquier mensaje. Así, la filosofía ha sido una serie de acciones y reacciones sobre distintos discursos. Sin embargo, hay algo que el lenguaje muchas veces no puede encubrir o llevar a confusiones. Al propio emisor del mismo. Emerson lo entendió así: «Emplea el lenguaje que quieras y nunca podrás expresar sino lo que eres». A fin de cuentas, si el lenguaje no puede ser un espejo del mundo en ocasiones -o siempre- es el espejo de uno mismo, su lenguaje da ese reflejo. El ya citado Wittgenstein escribió que «los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo». Los límites del mundo también son los límites de la lógica. Y acaso, nada podría tener un carácter ilógico, porque si así fuera no pertenecería al mundo. He aquí una visión de lo posible a partir de lo que es pensable. Incluso el caos puede ser expresado en lenguaje por una obra musical, un cuadro abstracto o surrealista, un poema con formas retóricas de enumeraciones caóticas, etc. Finalmente, en estos últimos ejemplos, el discurso estético ordena, da un sentido, a ese aparente caos ilógico.

Bertrand Russell llegó a definir -con cierta ironía- la matemática como «el campo en el cual en realidad nunca sabemos de lo que hablamos, ni aún en el caso de que sea cierto». ¿Cómo hacer del lenguaje, de esa construcción humana, una forma de comprensión y reflejo de la realidad ausente de interferencias de la subjetividad humana, creadora de ese cosmos simbólico? Parece ser una tarea imposible, pero no por ello trágica. El autor del Tractatus concluye esta obra diciendo que «de lo que no se puede hablar, mejor es callarse». Descubre Wittgenstein tras su descripción del lenguaje proposicional que hay algo que excede esa estructura, que llamará lo inexpresable, lo que se muestra a si mismo, lo místico. El silencio de Jacques Lacan, durante los últimos años de su vida, fue una metáfora de aquella imposibilidad de delimitar lo real, lo imaginario y lo simbólico en estructuras, en discursos interpretativos, analíticos y, empíricamente comprobables. Lacan supo desde el principio que lo real no se puede expresar en términos de lenguaje, es la esencia que subyace a todo lo demás. Así el sujeto vago de su mundo imaginario al simbólico, y viceversa, buscando aquello a lo que no puede acceder pero que está dentro de él.

Lo inexpresable ha sido la conclusión racional de muchos pensadores que, con cierta desilusión, aceptan la imposibilidad del conocimiento. En Oriente, donde también se llega a esta misma conclusión, la actitud es muy distinta, ahí radica el feliz misterio de todo cuanto somos. El silencio, que es el lenguaje del místico, arroja verdades que se muestran a si mismas, sin necesidad de anudarse en un discurso lógico. Lo místico es «sentir el mundo como un todo limitado», leemos en el Tractatus. Ese sentimiento se advierte como una especie de otorgación de sentido, donde la lógica del mundo es sentida totalmente. Una totalidad limitada, pero más allá de los límites de mi mundo, una totalidad de los límites del mundo, que es casi como decir: de lo ilimitado.

¿A qué viene esta nota? se preguntará el lector… A nada importante. Son tan solo palabras encadenadas. Un ejercicio cotidiano para romper o no el silencio.

 
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